Cada vez que hablamos sobre violencia de género, nuestra atención tiende a enfocarse en la víctima y el victimario. Y cuando hablamos de víctima y victimario, tendemos a pensar en esas parejas, novios o matrimonios donde una de las partes emplea la violencia en contra de la otra persona.

Pero, ¿qué pasa con las parejas que tienen hijos? ¿Nos paramos a pensar si salen afectados?

El caso es que directa o indirectamente, los hijos de las parejas donde existe violencia de género están afectados por la misma. Siempre se verán afectados por sufrir el ambiente negativo del maltrato y a veces se ven afectados por ser partícipes en esa violencia. A veces, sucede que les repercute en la manera de ver el mundo y de entender cómo se debe ‘amar’, les repercute en su enseñanza y comportamiento y también en sus relaciones interpersonales y en la adopción de roles, notándose la incidencia que tiene la violencia de género en el desarrollo personal y emocional del hijo.

Por ello, podemos hablar de que existe un tipo de violencia de género que afecta directamente a los hijos de la pareja, una violencia difícil de ver, de determinar que existe o difícil de calificar si es violencia o si es simple repercusión indirecta: es una violencia invisible, es la violencia vicaria.

“Cuando se amenaza con pegar, matar o robar a los hijos, cuando se quiere manipular a los mismos para ir en contra del otro, cuando se deja de dar de comer en los momentos en los que están a cargo y cuando se hace de forma consciente y con intención de dañar, normalmente el objetivo no son los niños: el objetivo al que se le quiere hacer sufrir es la otra persona”

¿Qué es realmente la violencia vicaria?

La violencia vicaria es un tipo de violencia que se da dentro de la familia y que sufren los niños. Por esta razón, este tipo de violencia se considera un tipo de maltrato infantil.

¿Que cómo se da? De diversas maneras: dentro de este tipo de violencia se ejercen conductas conscientes que buscan dañar a la otra persona, a veces el objetivo de este sufrimiento es el propio hijo y otras es hacer daño de forma indirecta al otro progenitor.

Las maneras en las que se dan pueden ser directa o indirecta, ya que el niño puede estar sufriéndola sólo por ver la violencia ejercida hacia una madre o puede sufrirla con la violencia empleada directamente sobre él. Y, aunque estos podrían ser los casos más claros, no debemos obviar que está dentro de las coacciones y la necesidad de ejercer control que se utiliza contra el progenitor o víctima adulta.

Y es que, lamentablemente, en muchos casos de violencia de género se utiliza al o los hijos como meros instrumentos por parte del victimario para ejercer dolor y sufrimiento. Cuando se amenaza con pegar, matar o robar a los hijos, cuando se quiere manipular a los mismos para ir en contra del otro, cuando se deja de dar de comer (o cualquier otra necesidad básica) en los momentos en los que están a cargo del otro, y cuando se hace todo esto de forma consciente y con intención de hacer daño, normalmente el objetivo de éste no son los niños: el objetivo al que se le quiere hacer sufrir es la otra persona.

El caso es que la persona que ejerce este tipo de violencia se aprovecha de los niños, se aprovecha de que son seres más frágiles y aprovecha este hecho para dañar o eliminar su bienestar emocional, psicológico y físico, sabiendo que este hecho hará que su pareja o expareja sufrirá con estos actos, sentirá dolor y sentirá que es culpable de que los hijos sufran al sentirse incapaces de hacer algo al respecto o al sentir que no pueden evitarlo o defenderles. Además, genera en la víctima la incapacidad de poder hacerlo: no puede denunciar, no se puede poner en medio, no puede hacer nada. ¿Por qué? Por miedo, por la manipulación, porque sino “puede matarle” o, peor para un progenitor, puede “matar a sus hijos”.

Todo esto es un pequeño resumen de lo que se podría hablar al respecto. Un pequeño paso para ir siendo conscientes de que las mujeres maltratadas no sólo sufren de esa violencia de género, sufren doblemente: y, sus hijos también.