La terapia cognitivo conductual o TCC como también se le conoce, es definida por el psicólogo Mariano Pérez Álvarez como una terapia breve, directiva, activa, centrada en el problema y orientada al presente , que supone una relación colaboradora y en la que el cliente puede ser un individuo, pareja, familia, grupo o comunidad. Es una de las escuelas de psicoterapia con mayor eficacia y más adoptada por los profesionales de la psicoterapia.

Esta terapia se caracteriza por el uso de técnicas de modificación de conducta, que son estrategias de intervención durante la terapia que se siguen de una forma precisa, siguiendo un estándar de cómo se ha de proceder teniendo en cuenta las idiosincrasias del sujeto. Algo más relevante si cabe al tratar con niños y adolescentes, en quienes la edad es uno de los principales factores a tener en cuenta. 

Este tipo de terapia se centra en la relación entre la conducta del sujeto, pudiendo ser individuo o familia, y el entorno donde se da.

En el caso de los niños, podría resultar insuficiente limitar el tratamiento exclusivamente a él, y es que la mayoría de los problemas que puedan estar dándose en el ambiente del niño pueden escapar de sus capacidades de afrontamiento.



Por ello, suele ocurrir que la ayuda que se solicita al profesional no se refiere a la conducta problema del niño o cómo este se siente, sino que puede reflejar la presencia de ciertos problemas en el ambiente familiar, como podría ser un episodio de conflictividad conyugal que estuviese afectando al niño y éste lo expresarse con cambios en su comportamiento. 

Del mismo modo, puede ocurrir que exista un bajo grado de tolerancia del adulto hacia un comportamiento de su hijo, que realmente no sea tan problemático como consideran. Pues cuanto más hostil es el ambiente o mayor grado de conflictividad hay con la pareja, menos se permite al niño expresarse, y puede acabar pagando la inestabilidad del hogar.

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No obstante, esto no significa que cualquier problema que tenga su hijo sea su culpa. Para nada. Solo que, al acudir a terapia, los padres han de adoptar una actitud de autocrítica y estar dispuestos a trabajar codo con codo con el terapeuta y no limitarse a que la terapia se centre exclusivamente en su hijo. 

La familia ha de involucrarse en la terapia en tanto que ésta tenga un papel importante en la aparición o mantenimiento de la conducta problema. Además, aunque esto no fuese así, su colaboración puede resultar de gran ayuda para prolongar o complementar el tratamiento fuera de la sesión con el terapeuta si éste así lo considerase. 

Añadido a esto, es muy importante tener en cuenta que en los niños se da el fenómeno de situacionalidad de la conducta en mayor medida que en adultos. Esto se refiere a que pueden expresar un comportamiento totalmente adecuado en casa y con los amigos pero resultar problemático, por ejemplo, en el colegio. Y es que cada situación admite un comportamiento diferenciado en base a las características físicas y normas sociales de cada una. Y esto a un niño puede costarle mayor esfuerzo de adaptación, terminando por mostrar en el colegio comportamientos que en su grupo de amigos son aceptables pero que en el aula resultan inadmisibles.