Son muchos los términos propios de la psicología clínica o psiquiatría que han pasado a dominio público. Su uso y aceptación en conversaciones informales puede ayudar a concienciar del peligro o presencia de diferentes trastornos en uno mismo o en quienes lo rodean. No obstante, el hacerlo de forma no responsable y desde el desconocimiento, puede llegar a estigmatizar a una parte de la población o banalizar las consecuencias de un problema mental.

Por ello es muy importante tener una idea algo más próxima a su significado real, qué consecuencias tienen y qué síntomas nos advierten de ellos o qué causas pueden promover su aparición. Claro ejemplo es el término de locura, inexistente en cualquier manual de psicología o psiquiatría pero que sin embargo es entendida por bastante gente como el objeto de trabajo y estudio de un psicólogo. Y es que si preguntásemos sobre su definición a cualquier persona sin formación en psicología, obtendríamos una similar a lo que los especialistas entienden por brote psicótico.

Por ejemplo, alguien que se ve inmerso en un brote psicótico puede experimentar desde que su familia no son quienes él cree que son y han sido reemplazados por unos impostores que quieren raptarle, hasta escuchar voces que le digan lo que tiene que hacer. 

Ahora bien, es muy importante diferenciar este concepto con el de esquizofrenia, fuertemente relacionado. Si bien es cierto que en la esquizofrenia podemos encontrar estos síntomas de delirio y alucinaciones, la esquizofrenia es un trastorno a largo plazo, de carácter crónico, en el que también aparecen síntomas negativos como la catatonia o el embotamiento afectivo.

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Realmente es muy complicado anticiparse a uno de ellos y lo habitual es que la familia o amigos cercanos actúen cuando este comienza y el paciente sea ingresado hasta que los síntomas hayan remitido. 

Estos son algunos de los predictores que pueden advertir de la inminencia de un brote:

  • Aislamiento social: El individuo comienza a mostrarse retraído, ausentándose incluso de su puesto de trabajo o académico de forma reiterada o definitiva. 
  • Ideas extrañas o incoherencia: Establecerá conversaciones poco habituales, cambiando de un tema a otro sin aparente relación y acompañado de una gesticulación fuera de lugar.
  • Conducta desorganizada: Actos extravagantes y repentinos, poco habituales en la persona que los realiza y en el contexto donde se dan. 
  • Descuido de la higiene y apariencia física.

Por otra parte, existe una serie de estresores que, tras numerosos estudios realizados durante años, han sido identificados como factores de riesgo a largo plazo de padecer un brote psicótico: 

  • Ser víctima de maltrato en la infancia o adolescencia.
  • Encarcelamiento.
  • Crecer en un ambiente socioeconómico bajo. 
  • Absentismo escolar
  • Conducta sexual anticipada
  • Inicio temprano y abuso en el consumo de drogas.
  • Estar soltero. 
  • Estar desempleado por una larga temporada
  • Ser miembro de una minoría étnica marginalizada. 

En cuanto al tratamiento del mismo se recomienda un tratamiento mixto en el que la farmacología es fundamental y se lleva a cabo mediante antipsicóticos como el haloperidol o la clorpromazina y se ve complementada por la psicoterapia.