La Psicología es una ciencia tan controvertida como apasionante. Desde profesionales que más se acercan al chamanismo a los más ortodoxos investigadores de la conducta, muchos han sido quienes han tratado de definirla y muchos son los conceptos que su definición ha de abarcar. Mente, consciencia o conducta son ejemplos de ello. No obstante, y siguiendo la línea clínica y experimental regida por el método científico y que trata de escapar de ideas preconscientes o suposiciones edípicas, podríamos entender la Psicología como una ciencia natural cuyo objeto de estudio es el comportamiento humano y sus interacciones en el medio físico y social. Buscando conocer sus orígenes y efectos. 

La psicología también se puede comprender desde un punto de vista filosófico, totalmente aceptable, en el que el objeto se centraría más en la explicación del significado y sentido de las mismas. Pero sobre esto sería más difícil hacer ciencia y elaborar leyes.

De hecho, muchos son los trastornos de los que, pese a ser estudiados durante años, aún a día de hoy desconocemos las causas que los originan. Y es que, en numerosos casos, una conducta, por simple que sea, ya no un trastorno, puede tener infinidad de causas posibles dependiendo de quien la realiza, el contexto donde se da y la motivación que esa persona tiene para realizarlo. Si, como ya decimos, hasta un mísero levantar de cejas puede tener varios significados o causas que lo estén promoviendo, imaginar un trastorno tan complejo como la esquizofrenia. 

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A día de hoy conocemos que el gran papel en cuanto a la predisposición a este trastorno se encuentra en la herencia genética recibida, y otro punto muy importante en el desarrollo del mismo es la exposición prolongada a una serie de estresores, no necesariamente drogas, o un periodo estresante corto pero muy intenso. Pero como ya hemos dicho, múltiples y muy variadas son las causas que pueden generar este tipo de trastornos. Y algo así debieron pensar tres investigadores del Stanley Medical Research Institute, en Estados Unidos, cuando empezaron a investigar acerca de la posible relación existente entre tener un gato siendo niño y el riesgo de padecer esquizofrenia al crecer. 

Y se lo tomaron enserio, pues tras trabajar con diferentes datos en las fechas de 1982, 1992 y 1997, concluyeron que los gatos habían estado conviviendo con los ahora diagnosticados con esquizofrenia cuando ellos tenían entre 0 y 10 años en la mitad de los casos. Si, un 50%.

La hipótesis principal que barajaban era la del Toxoplasma gondii. Al parecer, este parásito del que los gatos son portadores y huéspedes definitivos está relacionado con la esquizofrenia. De hecho, en un metaanálisis de 38 estudios se encontraban anticuerpos de este parásito en los pacientes con esquizofrenia. Además, el Toxoplasma gondii ha demostrado que incrementa los niveles de dopamina, la cual parece estar involucrada en los síntomas positivos de la esquizofrenia.

Esta hipótesis sugiere que los síntomas vendrían causados por un exceso de la actividad en las sinapsis dopaminérgicas, que van desde el área tegmental ventral al núcleo accumbens y la amígdala, quienes sintetizan y expulsan este neurotransmisor en los sistemas de recompensa de nuestro cerebro.  

Con todo esto no queremos que cojas ahora mismo al gato y lo arrojes por la ventana para asegurar la salud mental de tus hijos en un futuro. Nada más lejos de la realidad. Esto no es sino otro ejemplo de lo inquietante y apasionante que es el tratar de descubrir las causas del comportamiento humano, y los miles de caminos que existen para descifrar cada uno de ellos.