Cada vez es más habitual encontrar en nuestro entorno la palabra de Juego Patológico o Ludopatía. Para la Asociación Americana de Psiquiatría, el juego patológico se definió entre 1987 y 1994 como la imposibilidad a resistir los impulsos que llevan al individuo a jugar, comprometiendo, lesionando o rompiendo objetivos personales, familiares y/o profesionales debido a estas conductas adictivas. ¿Qué quiere decir esto? Que la persona con ludopatía no puede controlar las ganas de jugar a eso que le llama (ya sea tragaperras, lotería, cupones, juegos de apuestas en general, etc.), llegando a afectar a su vida cotidiana y a sus relaciones interpersonales.

Este trastorno es progresivo, es decir, no se da de un día para otro. Se genera con el paso del tiempo, se da una continua pérdida de control sobre el juego, muchas veces imperceptiblemente. Cuando menos lo espera, la persona comienza a tener una permanente preocupación por jugar y por poder ganar dinero con el juego, llegando así hasta los pensamientos irracionales que giran en torno al juego: “Si juego 20 veces más la última sé que es la que toca ganar”, “No puede jugar nadie más que yo en esa tragaperras”, “Estoy a punto de ganar porque he conseguido dos figuras de tres, ¡esta cerca el premio!”.

Finalmente, llegan las consecuencias negativas, es decir, problemas familiares, pérdida de grandes cantidades de dinero, dejar de acudir a citas importantes con la familia o amigos por jugar, dejar de acudir al trabajo o retrasarse, etc. Pueden ser multitud. Y a pesar de saber que se están dando (aunque no sea del todo consciente), la persona con ludopatía continúa con el juego, no lo puede evitar.

¿Qué es lo que engancha?

Existen multitud de razones por las que comenzar a jugar, aunque normalmente destaca el querer evadirse, ya sea de un problema, de un mal sentimiento, evadirse de un sufrimiento… El caso es que la persona no quiere estar continuamente pensando en esa preocupación y decide entretenerse. A veces, sucede como simple entretenimiento que ha gustado y se continúa, a veces es simplemente por querer ganar dinero de una forma sencilla.

La persona, sea por lo que sea que ha comenzado a jugar, activa en el cerebro el sistema de recompensa: es aquel que hace que se genere placer con ciertas conductas, buscando su repetición para continuar obteniendo placer. El caso es que estas conductas tienden a reforzarse con pequeños aspectos. Cuando está a punto de dejar de jugar porque no genera dinero y se gana una partida, hace que se continúe. Cuando mediante el juego se siente una sensación de control o le puede generar la falsa ilusión de relaciones interpersonales carentes en la vida real (juegos de rol en línea, por ejemplo) hace que se continúa. Cuando al vecino le ha tocado el premio del cupón de jueves, hace que tu ilusión permanezca y continúes, “podría tocarme a mi la semana que viene” acabamos pensando.

En definitiva, socialmente hemos normalizado que existan maneras de evadirse que acaben siendo tóxicas para las personas, que sea habitual encontrar casas de apuestas, tragaperras o casinos, que sea fácil jugar a la bonoloto, que podamos descargarnos un juego en línea y sea fácil emplear horas y, sobretodo, que haya una facilidad para conseguir recompensas y control al principio (y que se pierde después) son aspectos que hacen que el Juego Patológico se haya convertido en eso, en una patología.

Emocionalmente, ¿qué pasa con esto?

Al principio, es emocionante comenzar a jugar: sentimos que es algo que nos gusta, que cumple su cometido de entretenernos, de evadirnos. Nos gusta cada vez más saber que somos buenos y que ganamos, que podemos hacer ‘fortuna’ de algo así, nos atrapa.

Pero después llega la pérdida de control. Dejas de elegir cuando y cuanto y cuantas horas juegas. Tu vida gira alrededor del juego, empiezan a aparecer problemas socio-familiares, laborales… o se incrementan. Cuando se da la pérdida de la ilusión de control y de confort, aparece la ansiedad y la depresión.

Llega un momento en que la persona ya no es capaz de controlar su vida y todos estos sentimientos que se suscitan le hacen perder la esperanza, llegando a la desesperación en casos graves, y a su vez, llegando a pensamientos y conductas suicidas.