No se puede pensar en empoderamiento sin pensar en cualquier grupo marginado o vulnerable, pero el hincapié de los estudios actuales se ha realizado desde la necesidad de empoderamiento de la mujer. Teniendo en cuenta la sociedad actual, donde la mujer posee en diversos ámbitos una posición de sumisión, y donde se le enseña a poner las necesidades de los demás por encima de las propias, perpetuando así ese rol de cuidadora hacia los demás. Considerándose también la visión existente en la sociedad actual de que la mujer necesita de los demás para sentirse realizada o para sobrevivir -obviando esa falta de protagonismo o dándole a la misma una imagen de incapacidad frente al mundo y frente a su propia autonomía-, se entiende la necesidad de que la mujer se empodere

 

Si cogemos la definición dada por el Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo creado por la Universidad del País Vasco

Por todo ello, y desde una mirada feminista, el empoderamiento de las mujeres incluye el cambio individual y la acción colectiva, generando la alteración completa de los procesos y estructuras que siguen manteniendo esa posición subordinada de las mujeres como género (Murguialday, Perez de Armiño y Eizaguirre, 2005).

Para entender el beneficio que puede generar el empoderamiento de la mujer en los hijos, es indispensable primero entender el mismo por y para ella, con esa necesidad de autonomía y autosuficiencia. Es decir: Fortalecer sus capacidades, su confianza, su visión y su propio protagonismo. La mujer necesita individualizarse dentro de los grupos sociales, hacerse valer por todo lo que puede aportar. La mujer es más que una pieza de apoyo, de cuidado: Las mujeres pueden ser lo que quieran sin necesidad de definirse como madres, esposas o hijas que actúan en pro de los demás dejando de lado sus propias necesidades, y así tomar conciencia de sus propios derechos, capacidades e intereses y de cómo pueden relacionarlos con los intereses de otras personas, pudiendo participar en la sociedad desde una posición firme e influyente.

Es muy sencillo: Se predica con el ejemplo. Dentro de las relaciones intrafamiliares, la manera en la que nos comunicamos con el mundo es la manera que enseñamos a nuestros hijos a vivir. Si actuamos como personas subordinadas o perpetuando roles machistas se dará normalidad a los mismos, generando ese aprendizaje para con los hijos, fortaleciendo conductas donde la mujer no es validada. Sin embargo, si nos empoderamos enseñamos a nuestros hijos a empoderarse. Se enseña dónde está nuestra valía, nuestro poder, se enseña que si la mujer tiene voz sus hijos pueden tenerla también y que deben buscar ese protagonismo que genere su propio empoderamiento personal, se enseña a no someterse, a que cada cual busque el rol que quiera tener, y a establecer y aceptar los límites donde se deba. Si una mujer llega a empoderarse puede enseñar de forma directa o indirecta a sus hijos a luchar o conseguir su propia autonomía, a confiar en sí mismo, fomenta su bienestar emocional y su individualización, puede ayudar a establecer buenas bases en su autoconcepto y su autoestima, al mismo tiempo que le proporciona habilidades para hacer frente a las situaciones que vengan.

En definitiva, si somos capaces de empoderarnos, de creernos protagonistas de nuestra vida y de confiar en nuestra valía, enseñamos a los que damos ejemplo a, cuanto menos, ver la vida del mismo modo.

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