Hace ya casi un año que el concepto de cuarentena está totalmente integrado en nuestras vidas y no es extraño que ocupe al menos una de las tantas conversaciones que mantenemos al cabo del día. Al comienzo, se presentó como algo novedoso, fuera del contexto donde estábamos acostumbrados a verlo. Desde entonces, la evolución del mismo ha sido gradual, comenzando por una concepción de la misma un tanto similar a lo que podrían ser unas vacaciones forzosas o una jubilación temporal. Al poco tiempo observamos también cómo se daba un fenómeno de romantización de la misma en la que nosotros, a través de redes sociales principalmente, mostramos al mundo nuestra adaptación a la situación. Cómo nos alegramos de pasar tiempo con nuestra familia, cómo hacíamos pan de todo tipo día sí y día también y cómo de forma consecuente montamos un gym improvisado en el salón o en la terraza quien la tuviese (los privilegiados en la nueva normalidad) para quemar todo ese exceso de hidratos.

En estos tiempos ha aumentado la conciencia sobre la necesidad de estar sano y mantenerse activo en la población, pero también es cierto que la individualización del deporte ha ido creciendo de forma exponencial desde hace ya unos cuantos años como genialmente expone Luis De La Cruz Salanova en su ensayo Contra el Running, corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial. Y es que este proceso supone otra amenaza más para nuestras actividades sociales, ya bastante mermadas y restringidas. No obstante, la individualización en sí misma también hace al deporte más accesible a toda la población, no necesitando para practicarlo nada más que ropa mínimamente cómoda y si fuese necesario conexión a internet para poder seguir una clase de core o zumba o una ruta para salir a correr por tu ciudad.

Ah, y ganas, muchas ganas. Porque nadie va a tirar de ti para que rompas a sudar. 

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Y es que en romper a sudar está la diferencia entre realizar una actividad mínima para mantener el estado de forma y no sucumbir a las consecuencias del sedentarismo y la repostería casera, o generar en tu cuerpo una sustancia análoga a la droga que tantas canciones inspiró en los 80 y 90. 

Si, hablamos de las endorfinas. Etimológicamente compuesta por “endo-“ interno y “-rfina” referenciando a la morfina. Un péptido opioide empleado para inhibir la señalización nerviosa del dolor. 

Este nombre no aparece de forma arbitraria, pues las endorfinas son nuestra propia droga opioide sintetizada de forma natural.

Las beta-endorfinas son el subtipo de este neurotransmisor más común en los seres humanos y se liberan en mayor medida durante los ejercicios anaeróbicos, que son aquellos de alta intensidad y menor duración. Del mismo modo, este tipo de ejercicio también produce ácido láctico, que está íntimamente relacionado con el aumento de beta-endorfina. Por su parte, el ejercicio aeróbico centraría sus beneficios en el fortalecimiento del sistema cardiovascular y en la tan deseada quema de grasas.

Por tanto, el consejo que se podría dar a todo deportista amateur nacido en tiempos pandémicos es seguir un entrenamiento aeróbico, donde los beneficios también se presentan en el sistema respiratorio y además es menos propenso a las lesiones. A esto convendría añadir ciertos picos anaeróbicos de mayor intensidad durante el ejercicio para así favorecer la producción y asimilación de endorfinas para conseguir ese efecto eufórico y ansiolítico de forma natural, crucial para consolidar una rutina deportiva que tanto cuesta seguir.